El Centavito Valiente
Estaba solo, viejo y sucio, acurrucado en una esquina de la acera. La cara casi desdibujada y el sello, que habían visto mejores tiempos, estaban llenos de los restos de cualquier cosa rastrera. Se sentía impotente y vencido. Cayó...y nadie se dignaría recogerlo.
-¿Qué puedo hacer para cambiar mi destino? ¡Sólo soy un centavo! No valgo nada, nadie me miraría siquiera. ¡Que tiempos los de antes! Cuando era útil e importante- decía con tristeza mientras se hundía más y más en la suciedad.
Y así pasaba el tiempo entre quejas y añoranzas hasta que, en una noche de suspiros y recuerdos, sintió que no estaba solo. Un centavito, jóven y reluciente, cayó cerca de su esquina. Temeroso de sus críticas, el centavo se escondía para no ser visto y miraba con recelo y envidia al reluciente centavito. Tan jóven, brillante y ¡nuevecito! Cada día observaba como el centavito se limpiaba, esperando ser visto y valorado.
- Cuando me recojan, me reuniré con muchos centavitos más y lograremos grandes cosas- Decía alegremente, mientras se pulía, reluciendo al sol y a las luces de la noche.
Tanto molestaba al centavo el optimismo de su "compañero de desgracia", que salió de su escondite diciéndole:
- ¡Ya basta! ¿Por qué te limpias y te arreglas tanto? ¿Es que no ves que nadie te va a recoger?- le gritó.
El centavito se asustó tanto y no entendía lo que pasaba. Mientras pensaba qué contestarle al enfurecido centavo, que le gritaba cosas horribles sobre su destino, lo miró fijamente, como queriendo entrar a su alma para descubrir dónde se alojaba tanta amargura y sacarla de allí. Ya más tranquilo, le dijo con firmeza:
- ¡No te atrevas a decirme nunca más que nadie me recogerá o que no haré algo importante! No puedo rendirme sólo porque otros lo hayan hecho. No hablo de falsa esperanza, sino de estar preparados...mira...- dijo con mucha suavidad, como para hacerle entender algo muy, pero muy difícil de explicar- Caímos, es cierto, pero ¿quién dice que no nos podemos levantar? ¿Ah? ¿Dónde está escrito que debemos abandonarnos en ésta esquina, envueltos en suciedad y oscuridad?
El centavo lo miraba, callaba y se quedó pensativo un buen rato. Trataba de encontrar las palabras que le dieran la razón y así atacar de nuevo a aquel centavito impertinente y pretencioso, que tan valiente y brillante reflejaba toda la luz, iluminando aquella sombría esquina, iluminándolo a él; para darse cuenta de que podía decidir cambiar la vida que llevaba, oculta y llena de sucio, o ser un reluciente centavo listo para hacer grandes cosas.
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